En la inercia de una cotidianidad cada vez más tecnificada y
urbana, hemos desarrollado una suerte de "ceguera hacia el entorno".
Transitamos por los paisajes como quien recorre una galería de arte con los
ojos vendados, ignorando las señales sutiles y los procesos biológicos que
ocurren a escasos metros de nuestra indiferencia. Esta desconexión no es solo
una pérdida estética; es una forma de amnesia cultural que nos vuelve ajenos al
complejo engranaje de la vida que garantiza nuestra propia existencia.
La naturaleza no es un escenario estático ni un recurso
inerte; es un organismo vibrante que nos interpela constantemente.La biosfera posee un lenguaje
propio que no se articula en palabras, sino en rastros, sonidos y ciclos
estacionales. Para descifrarlo, es imperativo recuperar la capacidad de
"escuchar" con la mirada, afinando nuestra percepción para descubrir
que lo cotidiano es, en realidad, extraordinario.
Existe un fenómeno botánico en las tierras del oeste peninsular que desafía la lógica de las estaciones. Mientras el calendario avanza hacia el estío, las sierras y montes de Extremadura parecen haber sido cubiertos por una nevada reciente. El responsable de este lienzo es la Jara Pringosa (Cistus ladanifer), una especie arbustiva, leñosa y de aroma resinoso que transforma el sotobosque mediterráneo en un espectáculo de blancura efímera.
"A pesar de todo, y gracias a ellas, los Montes y las Sierras de Extremadura aparecen 'nevados' cada primavera".
Por Emilio J. Orovengua.
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